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La libertad moderna |
En la segunda lectura de la Misa
(forma ordinaria) de hoy se lee que Jesús, muriendo, “liberó a todos los que
por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos”. Al escucharlo, más
allá del sentido puramente teológico de la Gracia como fuente de Salvación, y
al igual que en aquel pasaje donde se nos dice que la verdad nos hace libres
(cfr. Jn 8, 32), se hace uno consciente del carácter tremendamente liberador de
la fe. Este carácter es precisamente lo que no tuvieron claro aquellos
pseudoteólogos, marxistas, de la “liberación”. Lo mismo que los liberales, los
liberacionistas, al rechazar el dogma rechazan la libertad. Por eso mismo no
debemos, como católicos, minorar ni un ápice nuestra defensa, hasta apasionada,
de la libertad. “La libertad es cristiana, la cosa nos pertenece,
reivindiquemos, pues, el nombre” dice Aparisi y Guijarro.
Y se me ocurren dos formas en las
que alegrarnos, explicar y reivindicar la libertad. La primera se la tomo a
Chesterton, que en un punto del último capítulo de “Ortodoxia” señala cómo los
países católicos son aquellos donde “todavía
se canta, se baila, se lleva ropa de colores alegres y hay arte al aire libre.
La doctrina católica y la disciplina pueden ser un muro, pero es el muro del
patio de recreo.” En efecto, la vida es un camino que va ascendiendo una
montaña. Los dogmas y la doctrina son los muros que se yerguen para darnos la
seguridad de no caernos en el acantilado. Sin muro los niños no juegan, no
caminamos ligeros ni podemos cantar y dar palmas mientras avanzamos en grupo.
No, nos podemos caer por el precipicio, por eso sin muro los caminantes o se
caen o se apilan en fila india, estáticos, con miedo a la caída. Nuestras
carreteras están plagadas de barreras, que por algo se llaman “quitamiedos”.
Chestertoniano debió de ser quien las bautizó así. Con muros (dogmas), no hay
miedo dentro, por lo que somos más libres y más alegres.
La segunda forma es simplemente
doctrina católica y tomista. Doy por sentado que entendemos que la persona,
como ser racional, posee la facultad de pensar y elegir mediante la
participación de su inteligencia y su voluntad. La libertad, por tanto, es
propia de la persona, no de los animales, y consiste en optar voluntariamente.
Sin opción y sin la acción de elegir no hay libertad. Si acaso, de un
modo abstracto o potencial. Crece o se hace real mediante su ejercicio. Es
razonable por tanto pensar que la persona que elige libremente es más libre que quien no elige nada, porque se equipara
a quien no puede elegir. Ahora bien ¿qué ocurre después con nuestras
elecciones? Es hoy lugar común que los compromisos y ataduras coartan la
libertad, pero no es coherente con lo que hemos dicho. Una elección que no
tiene consecuencias reales y duraderas se equipara a una no-elección y por
tanto con la falta de libertad. La libertad, por tanto, consiste en la asunción
de compromisos irrevocables. Cuantos más compromisos irrevocables asume
voluntariamente una persona, más libre es.
Como los modernos todo lo
entienden con el lenguaje del dinero, lo explicaré diciendo que la libertad es
un medio de pago. El que lo acumula bajo la almohada sin tocar y vive como un
pobre, aunque se engañe pensando en lo que tiene escondido, es un pobre. Y lo
será hasta que empiece a gastarlo. Ahora bien, cuando lo gaste, bien puede
adquirir bienes muebles u objetos perecederos que luego tira por la calle, o
bien adquiere tierras y bienes inmuebles que, en lenguaje contable, son los
activos fijos de todo balance. El primero es quien confunde la libertad con
libertinaje y malgasta la libertad en bienes que luego tira. Es el divorcio, o
la ausencia de compromisos vitales. El segundo es quien acumula un patrimonio
que le da solvencia. Me da pena tener que recurrir al lenguaje pecuniario, pero
así se entiende, ¿no?