02 abril 2009

La defensa de la Vida y Dios (y III)

Con esta entrada acabo la serie de tres, que sirven como mi argumentario (mis humildes razones) para defender una postura que creo como la correcta: que en la defensa de la Vida, contra las leyes abortistas y la cultura de la muerte, un católico debe también proclamar a Dios como fuente de sus convicciones.
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Grupo 3º: Aunar esfuerzos con quienes, sin creer en Dios, son contrarios al aborto. La supuesta suficiencia del argumentario "humanista".
  • En el diálogo con otras confesiones religiosas, el llamado “ecumenismo”, el Catecismo enseña y los Papas han recordado que se debe rechazar, por ser injusto, el “sincretismo”. Es decir, el ocultar lo que separa para fijarse únicamente en lo que une. Esto es perfectamente válido al aplicarlo a la lucha por la Vida.
  • No me parece de más tener en cuenta que la mayoría de los agnósticos o ateos contrarios a esta ley de plazos o incluso a la ley vigente de supuestos de despenalización, no son contrarios al aborto en todos los casos. De hecho, la mayoría concede la posibilidad del aborto provocado en casos como violación o incesto.
  • En cualquier caso, una supuesta “coalición” por la Vida que uniera a creyentes y no creyentes, para ser fructífera y fuerte de verdad, debería partir de la abierta sinceridad de todos sus componentes. Así, los católicos proclamaríamos públicamente a Dios, en nombre de la fe y la razón, los ateos que hubiera actuarían en nombre del humanismo, y los liberales que también hubiera, en nombre del principio de “no agresión”. Todos ellos, unidos coyunturalmente en la defensa de la Vida. Esta sinceridad daría, seguro, mucha más fuerza a la coalición, porque al dejar patentes las diferencias de fundamento, se ensalzaría hasta tal punto el objetivo común, que el mero hecho de la unión lo elevaría a la categoría de universal. Por el contrario, la igualación por lo bajo, callando lo diferente, levanta las suspicacias de quien sabe lo que se “esconde” bajo la misma pancarta, de tal modo que la sospecha de la insinceridad y la falta de coherencia se cargaría la fuerza de cualquier argumentación.

(Las anteriores entradas, aquí y aquí).

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